Epidemia de tristeza en el 802 escuadrón

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Jhonander Ojeda Alemán, José Morales Rodríguez y Saúl López Quesada emprenden su último vuelo acompañados por una multitud silenciosa de familiares y amigos y ante los rostros crispados por el dolor de sus compañeros del Ejército

@teresacardenes

Siete muertes en 19 meses y un pabellón lleno de lágrimas y de rostros crispados por la tristeza. El Ejército del Aire ha despedido este domingo entre la solemnidad de los himnos militares, los sollozos ahogados de las familias y una mezcla extraña de dolor, incomprensión, impotencia y hasta cierta sensación de incredulidad al capitán José Morales Rodríguez, el teniente Saúl López Quesada y el sargento Jhonander Ojeda Alemán, los tres militares del SAR que murieron el 22 de octubre cuando el helicóptero en el que volaban se desplomó abruptamente sobre las aguas del Atlántico.

El jueves, la desaparición del helicóptero cuando regresaba hacia Gran Canaria desde Mauritaria congeló la sonrisa de las familias de los militares. Hoy, la brisa fría y cortante que quiso soplar en la Base Aérea de Gando se coló como un invitado incómodo en el pabellón del 802 escuadrón del SAR. Ya caída la noche. Con el rugido intermitente de los aviones civiles que, ajenos al drama, despegaban en el aeropuerto colindante. El frío no pudo con el calor que familiares, compañeros y amigos regalaron en su despedida a los tres rescatadores muertos. Pero   ni la música, ni el sentimiento ni la empatía colectiva ante la tragedia pudieron arrinconar la pregunta que se adueñó este domingo del enorme pabellón del SAR: ¿por qué?.

Militares del Ejército del Aire y decenas de miembros del escuadrón 802 de búsqueda y rescate llenaron este domingo el pabellón donde se celebraron las honras fúnebres. Pero junto a ellos, apiñados y repartiéndose como pudieron el consuelo, varios cientos de civiles, entre ellos muchos adolescentes y algunos niños, quisieron rendir este domingo un último tributo de cariño a José, Saúl y el jovencísimo Jhonander y acompañar en el amargo trance a sus familias. La congoja se adueñó de todos cuando, del ala izquierda del pabellón, los tres féretros con los cuerpos de los tres militares fallecidos hicieron su entrada a hombros de 24 compañeros.

“El corazón grita ¿por qué? Y surgen muchas preguntas: por qué, cómo, de qué manera…” El capellán castrense que ofició la misa durante el funeral de los tres militares no pudo sustraerse tampoco a un cierto sentimiento de incredulidad ante la repetición en el pabellón del SAR de las escenas de dolor que ya vivió en abril de 2014, semanas después del accidente de otro helicóptero cuya caída nocturna al mar le costó la vida al capitán Daniel Pena Valiño, los tenientes Carmen Ortega Cortez y Sebastián Ruiz Galván y el sargento Carlos Caramanzana Álvarez.

De aquella tragedia quedó como único testigo y superviviente el joven Jhonander Ojeda Alemán. Este domingo, ante la total desolación de sus padres y de muchos de sus compañeros, el féretro cubierto con la bandera de España que portaba sus restos se convirtió en el símbolo de la retorcida crueldad del destino: en él reposaba Jhonander. El joven valeroso que logró sobreponerse a las heridas del alma que le había dejado el anterior accidente. El militar que no se dejó doblegar por la tristeza. El adicto a su oficio que amaba su condición de militar del SAR más allá de cualquier miedo, de cualquier riesgo. El joven recio y silencioso que apenas hace algunos meses descubrió una placa en memoria de sus compañeros en el primer aniversario de su muerte. El sargento valiente nuevamente golpeado por el destino 19 meses después y ahora abatido el mismo día que cumplía 27 años. Por el amor de dios, ¿cómo no preguntarse una y un millón de veces por qué?

Junto a sus compañeros de su último vuelo, el capitán Morales Rodríguez y el teniente López Quesada, el joven Jhonander recibió este domingo a título póstumo la medalla al mérito aeronáutico con distintivo amarillo. Quizá algún día pueda contarse qué gran injusticia representa el hecho de que esta distinción fuera entregada a Jhonander cuando ya el joven ha perdido la vida. Pero sobre todo, quizá algún día pueda aclararse qué permitió y qué condiciones tuvieron que darse para que el destino pudiera golpear dos veces al joven Jhonander y romper a tres familias más del SAR. Siete familias rotas ya. Y un pabellón que, con el sonido solemne de las marchas militares, casi parecía este domingo viajar en el tiempo hacia abril de 2014.

Dos golpes en 19 meses y siete vidas perdidas. “El señor ha querido probarnos”, dijo el capellán al iniciar la ceremonia. Y pidió luego a los compañeros de los militares muertos sobreponerse para “amar, servir, sonreír, trabajar y perdonar”. ¿Perdonar? A su derecha, en las filas institucionales, le escuchaban los altos mandos del Ejército del Aire y el ministro de Defensa. Para ellos no hubo verbos en el discurso que llevaba preparado el capellán. Pero flotaban en el ambiente: investigar, comprobar, admitir, trabajar, asumir la responsabilidad. Y sobre todo no ocultar ni mucho menos mentir. Por los que se fueron. Por los que están. Por los rescatadores. Por los que rescatarán. No más vidas perdidas ni más epidemias de tristeza en el pabellón del 802 escuadrón.

 

Pincha aquí para ver un vídeo resumen del funeral en memoria de los tres militares fallecidos, con imágenes del buque de la Armada Rayo que los trasladó desde el lugar del accidente.

Pincha aquí para ver en vídeo la interpretación del himno de España ante los tres militares fallecidos en la Base Aérea de Gando.

 

 

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