Fuerteventura, la isla de los tres aeropuertos (I)

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La isla canaria de Fuerteventura ha experimentado en las últimas décadas un sorprendente aumento en la llegada de turistas que cada año transitan por su aeropuerto internacional. Este año y hasta el mes de mayo, ha recibido más de 766.000 turistas internacionales. Pero la isla majorera, que acogió a Unamuno en su destierro, ha tenido tres aeropuertos, que mudaban de ubicación para mejorar sus servicios y atender la demanda de crecimiento del turismo internacional

 

Texto: Nieves Suárez

 

Los primeros aviones aterrizaron en Tefia, en 1940, hasta que el recinto se trasladó, en 1953, a la zona de Los Estancos. Desde el año 1969, los pasajeros entran y salen de la isla desde el moderno recinto de El Matorral, en Puerto del Rosario, que atiende a turistas extranjeros y nacionales, así como viajeros procedentes de otras islas del Archipiélago que eligen Fuerteventura por sus playas, la tranquilidad y por la calidad de sus alojamientos.

La historia aeronáutica de Fuerteventura arranca en los años 30, cuando la situación de la isla, en la ruta desde Cabo Juby a Gran Canaria y Tenerife, la convirtieron en paso obligado del proyecto para unir la Península y Canarias. Para ello, la compañía Líneas Aéreas Postales Españolas (LAPE) acondicionó unos terrenos, entre el mar y la carretera de Tetir, para que sirvieran como campo de vuelos auxilio a sus aviones, y más tarde, en 1940, se convirtieron en el primer aeródromo en Tefía que utilizaban los aviones militares. No fue hasta 1947, cuando se iniciaron las labores para preparar el campo de vuelo para la llegada de la aviación civil y comenzó a operar la compañía Iberia, con los veteranos Junker-52, con el primer enlace aeronáutico civil de la isla, con vuelo semanal a Gran Canaria.

Los primeros aterrizajes tenían un inconveniente, las hélices levantaban una inmensa polvareda rojiza que molestaba a los familiares que acudían a despedir o recibir a familiares y amigos, además de los curiosos que se congregaban en cada aterrizaje. La llegada de estos vuelos servía, además, para el suministro de medicamentos a la población.

Aunque el aeropuerto fue mejorando poco a poco, los medios seguían siendo escasos, y aparte del antiguo molino que dominaba la planicie, las únicas construcciones existentes eran un edificio donde se alojaba la compañía de soldados y la casa del teniente. Más tarde se adquirió una radio, un anemocinemógrafo, una estación meteorológica, unas balizas pintadas sobre los bordes de la pista, un equipo de bengalas para casos de emergencia y la manga de viento que instalaba un soldado para indicar la dirección del viento. Iberia disponía de una pequeña habitación de tres metros cuadrados, con una balanza de equipajes para despachar los fletes de mercancías y vender los billetes de avión.

La situación geográfica del aeródromo, a cuatro kilómetros de Puerto de Cabras, la capital en aquel entonces, el problema de tener un campo de vuelo muy pequeño y la inconveniencia de estar rodeado de colinas motivaron la búsqueda de una nueva ubicación y se decidió trasladar las instalaciones a un nuevo terreno situado en Los Estancos. Las obras de acondicionamiento las ejecutaron los propios soldados de la guarnición de Tefía, con ayuda del personal del Cabildo y del Ayuntamiento. Las obras y adquisiciones, por un importe de 70.000 pesetas, permitieron la construcción de una pista de 1.350 metros de terreno natural compactado.

A partir de 1951, algunos vuelos militares pudieron operar en el nuevo aeropuerto de Los Estancos, que fue inaugurado oficialmente al tráfico nacional e internacional en 1952, con el aterrizaje de un DC3 de Iberia. Entre 1953 y 1954, se construyeron las cocheras, el edificio terminal, las dependencias administrativas, una Torre de Control en el primer piso y una caseta de motores para los generadores que suministraban el fluido eléctrico. La calidad de la construcción fue extraordinaria, ya que el edificio terminal se hizo de piedra y para el interior se utilizó madera noble. De esta forma, en 1954 la terminal del nuevo aeropuerto se convirtió en el edificio más lujoso y moderno de Fuerteventura.

Pero el nuevo aeropuerto tenía una característica única y condicionante para su servicio: la pista de aterrizaje estaba cruzada por la carretera que comunicaba con el norte y, aunque en principio no supuso ningún problema, ya que los vehículos casi no la transitaban, con el tiempo supuso una nueva “mudanza” a otro lugar más adecuado. Como anécdota, en medio de la carretera había una barrera vigilada por un soldado y cuando llegaba o despegaba algún avión, la Torre de Control le avisaba con el sonido de un pito o una bandera para que parara el tráfico y bajara la barrera, y de esta forma los conductores veían cómo el avión pasaba sobre sus cabezas y sus vehículos.

Con el tiempo, el tráfico fue aumentado y se produjeron varios incidentes debido a los “despistes” de los soldados que no veían la bandera o no escuchaban el pitido de aviso para bajar la barrera. Así que más de un avión aterrizó esquivando a algún vehículo que circulaba aún por la pista, ante el asombro de los conductores. El sistema tuvo que cambiar y cada vez que se aproximaba un avión, un vehículo de servicio del aeropuerto se acercaba a cerrar la barrera.

El hecho de que la pista estuviese cruzada perpendicularmente por la carretera y que los vientos dominantes cambiaran frecuentemente de dirección, motivó la necesidad de construir una segunda pista con una nueva orientación, puesto que, en ocasiones, el viento no permitía el aterrizaje de los aviones y los pasajeros eran derivados a otros destinos. Ante el temor constante de la incomunicación aérea, el Cabildo realizó un gran esfuerzo para conseguir una segunda pista con orientación este-oeste que se construyó a principios de 1955, que cruzaba la ya existente y que tenía 800 metros de largo y 100 metros de ancho. La pista era de terreno natural compactado y estaba señalizada con cal y balizas metálicas. Con sus dos pistas, el aeropuerto de Los Estancos disponía de más de un millón de metros cuadrados, por lo que se pudo pasar de los 1.488 pasajeros registrados en Tefia, en 1951, a 2.206, en el primer año de funcionamiento en Los Estancos, que se duplicaron en 1955,  llegando a contabilizar más de 5.000 pasajeros.

Este aumento del tráfico incrementó la plantilla del personal y, por primera vez, se contrató al peón Pedro Ramos, el primer trabajador civil, que más adelante llegaría a ser jefe de Bomberos. Con el tiempo, la plantilla aumentó con una señora de la limpieza y un médico, y en 1954 se reforzó con  dos trabajadores eventuales de Iberia que ejercían como maleteros y que no cobraban (cinco duros) si el avión no aterrizaba. Ambos realizaban la tarea de carga y descarga, con las maletas al hombro, ya que no existían los prácticos carritos.

Las oficinas de Iberia se hallaban en Puerto de Cabras, que era donde el pasajero entregaba el equipaje y esperaba el momento para subir a la guagua que le llevara  al aeropuerto. Como anécdota, el traslado de los enfermos en avión dependía de la buena voluntad de alguno de los pasajeros que debía ceder su billete al enfermo, una situación que se mantuvo hasta que se estableció la preferencia de los enfermos para volar sobre el resto del pasaje, al no existir hospital en la Isla. En aquel entonces, el médico asumía la responsabilidad de certificar que el enfermo llegaría con vida a su destino, y en muchas ocasiones viajaba con éste para asistirle durante el viaje.

Ya en la década de los 60, el jefe del aeropuerto había manifestado la mala conservación de la pista y el Cabildo reivindicó la necesidad de reafirmar 250 metros con un betún asfáltico y la conveniencia de acometer la redacción de un proyecto general de acondicionamiento, ya que Iberia amenazó con la suspensión de sus vuelos, lo que dejaría a los majoreros –así se llama a los habitantes de Fuerteventura- incomunicados por vía aérea. Así, en 1963, el vicepresidente del Gobierno, Agustín Muñoz Grandes, fue informado de que la pista de Los Estancos no estaba en buenas condiciones en sus metros finales, pero la parte central útil estaba en buen estado y era suficiente para recibir el tráfico de los aviones DC3, con los que Iberia mantenía su servicio.

En 1963, el Cabildo aprobó unas obras de balizamiento  con  cal, arena, piedras y cemento para hacer más visible la pista de Los Estancos. Ese mismo año, con la visita del delegado provincial de Información y Turismo y el presidente del Centro de Iniciativas y Turismo de Las Palmas, las autoridades majoreras manifestaron de forma oficial la necesidad de disponer de un aeropuerto en el que pudiese aterrizar todo tipo de aeronaves. Un requisito que Los Estancos, por sus propias dimensiones, no podía cumplir.

 

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