Jhonander, el niño que soñaba con ser aviador y salvar personas

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Francisco Ojeda, padre del sargento Jhonander Ojeda Alemán, fallecido en octubre de 2015 en el segundo accidente de un helicóptero del SAR en Canarias, pronunció este viernes en la localidad grancanaria de La Garita en su nombre y como homenaje a su hijo el pregón de las fiestas, que la comisión organizadora había pedido un año atrás al joven militar y al que su destino le impidió llegar.   En su lugar, Francisco Ojeda quiso poner voz a su hijo, invitar en su nombre a los vecinos a disfrutar de la alegría y hacer un emotivo recorrido por varias anécdotas de la vida cotidiana del joven en La Garita, donde vivió desde su niñez.

Ojeda describió a su hijo como un chico atrevido y voluntarioso desde su infancia que ya desde muy niño soñaba con ser aviador y con salvar personas, como atestiguan los dibujos de helicópteros que Jhonander realizaba desde que era pequeño y que hoy atesoran sus padres. El padre explicó también el amor que sentía su hijo por la naturaleza, su pasión por el mar desde que era muy niño y un carácter festivo y alegre que le llevó a recorrerse todas las romerías de Gran Canaria.

Puedes leer aquí el pregón completo de Francisco Ojeda en memoria de su hijo, Jhonander Ojeda Alemán, o ver al final del texto el vídeo del acto:

“Buenas noches La Garita

Estoy aquí hoy con ustedes muy orgulloso y muy agradecido por tener la oportunidad de pronunciar este pregón. Agradecido por la ocasión que se me brinda de poner mi pequeño grano de arena para el éxito de las fiestas de La Garita. Orgulloso, muy orgulloso, porque en realidad estoy hoy aquí para darle voz a mi hijo, Jhonander Ojeda Alemán.

Mi hijo Jhonander tomó el 22 de octubre el mismo camino de luz con que había llegado al mundo 27 años atrás.

En 2015, después de que la primera tragedia del SAR se cruzara en su camino, la comisión de fiestas de La Garita quiso distinguirle con el honor de ser el pregonero. Era un encargo que él acogió con muchísima ilusión, pero que no pudo acometer en 2015 porque no había tiempo para obtener todos los permisos que le exigía su condición de militar. Así que el encargo quedó pospuesto para estas fiestas de 2016.

Sin embargo, el destino de Jhonander era tomar el 22 de octubre el camino de la luz y reunirse en el cielo que tanto amaba con sus compañeros del SAR. Y por eso yo estoy esta noche aquí. Para poner voz al amor que mi hijo Jhonander sentía por La Garita. Y para cumplir en su nombre y en su memoria el encargo de pronunciar este pregón. Les contaré para ello algunas pequeñas historias.

La playa de La Garita es el escenario donde Jhonander vivió y disfrutó de su infancia. La playa donde correteó desde muy pequeño, donde buscó el otro lado de la tierra excavando en la arena y donde vivió sus primeros amores de verano.

Pero La Garita también es el lugar donde Jhonander empezó a forjar un carácter centrado en el valor, la tenacidad, la fuerza de voluntad y un cierto sentido de desafío a la fuerza de la naturaleza.

Cuando mi hijo era solo un niño, ese atrevimiento de Jhonander era para mí como padre un auténtico dolor de cabeza. Lo era por ejemplo cuando le daba por ir con otros chiquillos a lanzarse al agua en el bufadero. Yo nunca quise que lo hiciera por temor a la fuerza del agua. Y de chico, tenía que tenerlo siempre vigilado porque era muy, muy atrevido.

Pero a Jhonander le encantaba desafiar al mar y según fue creciendo, aumentó también su afición por el submarinismo a pulmón libre. Así que el bufadero acabó siendo el lugar donde él hacía sus inmersiones a pulmón: se lanzaba por el bufadero chico, margullaba bajo el mar y entre las rocas, salía por el bufadero grande.

En nuestra playa y en el bufadero, Jhonander afianzó sus cualidades y su disciplina como gran nadador. De niño, había tomado clases de natación e incluso llegó a participar en competiciones infantiles. Pero su auténtico, su verdadero amor era el mar.

Eso trajo a nuestras vidas algunas historias divertidas que también hablan de su tesón y de la firmeza de su voluntad. A los 17 años, Jhonander estaba loco por tener una moto acuática. Pero a mí, igual que me daba miedo el bufadero, también me inquietaba que pudiera accidentarse con una moto acuática, como le había pasado al hijo de un amigo.

Así que contra su voluntad, decidí comprar una zodiac de 4 metros a ver si conseguía sacarle la moto acuática de la cabeza. Recuerdo como si fuera hoy que él me miraba callado, como diciendo, ‘papá, yo ya te dije que no quiero una zodiac’. Hoy me tengo que reir al recordar que no la cogió ¡ni un solo día! ¡Ni una sola vez! Así que lo más lejos que llegó la zodiac fue cuando la usaba yo para ir a pescar por la peña de Gando.

Total, que decidí vender la dichosa zodiac y comprarle a Jhonander la moto de agua. Se le iluminaron los ojos y la sonrisa y con ella estuvo disfrutando durante varios años. Galopando sobre el mar, de nuevo desafiándolo. Unas veces con la moto. Otras con el boogie que usaba para coger olas, o darse un baño todos los días a la salida del trabajo. Otras simplemente con sus brazos y a pulmón libre, en total comunión con esta costa que él adoraba.

El nombre de Jhonander quedará inevitablemente ligado a los hechos trágicos del SAR que truncaron su destino y el de sus compañeros en 2014 y en 2015. Pero tengo que decirles que Jhonander amaba las fiestas como el primero, y que por eso, le hubiese hecho tanta ilusión pronunciar este pregón. Le encantaba irse de romería por toda Gran Canaria.

Todo el que tiene hijos sabe cuánto se desvive uno por intentar hacerles felices y darles un entorno de seguridad. Por esa afición a las romerías, yo compré una furgoneta para él y su hermano Borja, y así se la pudieran llevar siempre, aparcarla en cualquier rincón y dormir sin poner en peligro sus vidas ni la de otros.

Esta noche, mi hijo con toda seguridad hubiese sido feliz animándoles a todos ustedes a ir a la romería de estas fiestas. O a darse una vuelta, tomarse unas cañas y echarse unas risas en el Gariteque. O a visitar los locales de restauración para dar vidilla a todos los negocios, tan necesitados siempre de actividad para remontar la crisis. Estoy seguro de que eso es lo que Jhonander hubiese hecho: animarles a salir de fiesta y sonreir, animarles a disfrutar de la vida como él hacía con su boogie, con su moto acuática, con su furgona, con su moto de carretera, con los maratones que también corría, con sus romerías…

Pero hay algo más que quiero que sepan de mi hijo. Jhonander amaba más que nada en el mundo su trabajo en el servicio aéreo de rescate del Ejército del Aire. Ser a la vez mecánico y aviador era su ilusión y su vocación desde muy niño. Lo atestiguan los dibujos que guardamos, desde muy chiquitito, ya dibujaba helicópteros salvando personas. Y también, si me permiten otra anécdota, los juguetes que destripaba para desmontarlos y volverlos a montar, porque la mecánica también era su pasión.

Recuerdo unas navidades, en que con toda la ilusión le regalé un todoterreno con mando a distancia para que lo rodara por un terreno que había frente a nuestra casa. Se lo compré con toda la alegría y la ilusión del mundo, y se lo regalamos en la Nochebuena para que tuviera tiempo de disfrutarlo. Cuál no fue mi sorpresa dos días después cuando me encontré el coche totalmente despiezado. ¡No le había durado entero ni dos días!

Pero él, al ver la frustración reflejada en mi cara, se puso rápidamente manos a la obra y lo reconstruyó pieza a pieza hasta echarlo a andar en apenas dos horas. ¡Mira papá, ven para acá…!, me dijo. Y allí estaba el coche reconstruido y circulando.

Jhonander era así. Curioso, travieso, voluntarioso, pero con un alma grande, muy grande, repleta de amor, de nobleza y de bondad.

Siempre digo que en La Garita, Jhonander, fue amigo y apoyo de todos. Sin rechazar a nadie ni por sus costumbres, ni por los avatares de sus vidas ni tampoco porque hubieran tenido o no la suerte de poder estudiar. Nunca discriminó ni despreció a nadie. Y lo mismo se preocupaba por quienes se perdían en los vericuetos de la vida, que se alegraba por quienes lograban prosperar gracias a la Universidad.

Jhonander amaba a las personas y tenía un sentido colosal de la generosidad. De otra forma es imposible entender que, una vez vivido el trauma que truncó la vida de sus compañeros Dany, Carmen, Sebas y Carlos, mi hijo decidiera sin atisbo alguno de duda que seguiría en el Ejército del Aire y que seguiría volando en los helicópteros del SAR.

Era su trabajo, pero era sobre todo su pasión, fuertemente apuntalada por un sentido indestructible del deber. Erguido y firme como una roca, Jhonander, con la valentía que le carectirazaba, decidió, tras el primer accidente volver al trabajo y seguir volando. Era su vida, era su deseo, era su vocación. Y todo eso era un millón de veces más fuerte que cualquier temor propio o cualquier herida del alma.

Soy una persona creyente. Y siempre digo que Dios quiso regalarnos 19 meses más de la extraordinaria nobleza de Jhonander desde que el destino se cruzó en su camino por primera vez en 2014. Senegal fue su último destino. Y no fue un destino cualquiera: allí tenía que ayudar a entrenar a otros para salvar vidas. Pero además de trabajar, en las playas de arena de Senegal también se tiraba al suelo para jugar con los niños con los que se cruzaba.

Desde que él emprendió el camino de la luz, yo he tratado por todos los medios de mantener viva su sonrisa y su legado. Estoy seguro de que en este momento nos mira desde arriba. Por nada del mundo Jhonander hubiera querido perderse este pregón ni tampoco esta fiesta con sus vecinos y en su barrio.

Personas como él y como todos los compañeros que con él marcharon son capaces de darnos una lección. Una lección de valor, de humanidad, de respeto, de vocación de servicio a los demás. Nos demuestran que, aunque el mundo se vuelva loco, ellos siguen estando allí para salvar vidas, para socorrer a los accidentados, para llevar esperanza a quienes lo necesitan. Para poner sus vidas al servicio de las vidas de otros, incluso a riesgo de perder la propia.

Por eso yo he querido esta noche cumplir una ilusión de mi hijo y estar aquí para darle voz a Jhonander. En su memoria y en la de todos sus compañeros: Daniel Pena Valiño, Carmen Ortega Cortez, Sebastián Ruiz Galván, Carlos Caramanzana Álvarez, José Morales y Saúl López.

La vida es un camino muy corto donde inevitablemente se suceden las lágrimas y las sonrisas. Pero esta noche, estoy seguro de que Jhonander hubiese querido que todos ustedes escuchen el sonido del mar, respiren el aire puro y sonrían mirando su queridísima playa de La Garita. Y que arrimen el hombro para hacer de estas fiestas y de este barrio un patrimonio del que enorgullecerse cada día.

Desde arriba, él nos anima y nos inspira con su luz. Nos alienta a disfrutar de estas Islas Canarias de las que Jhonander estaba profundamente enamorado. Como él decía: “No elegí nacer en Canarias, simplemente tuve suerte”.
Pero sobre todo, Jhonander les hubiese animado a cumplir una frase que mi hijo repetía siempre: colecciona momentos, no cosas.

En su nombre, les animo a disfrutar de estas fiestas y a convertirlas en un semillero donde sembrar y coleccionar buenos recuerdos, instantes, donde compartir la alegría y el amor, donde regalar sonrisas y abrazos a nuestros hijos, a nuestros hermanos, a nuestras parejas, a nuestros amigos, a nuestros vecinos. Donde disfrutar con cosas tan simples como escuchar el rumor del mar y buscar estrellas en el cielo. Desde ellas nos miran con toda su luz Jhonander y sus compañeros.

Va por ellos.

No obstante, no quiero despedirme sin antes recordar a todas aquellas personas que en algún momento de su vida fueron importante para La Garita y para sus fiestas, que compartieron con todos momentos alegres y no tan alegres, pero que marcaron un antes y un después en la fiestas, como Paco Bello, Elías Ruano, Sonia, Chano el guapo, la joven Elena prima de Jhonander…. que aunque hoy no están aquí presentes si están en la memoria de todos.

Y llegado este momento os animo a que griten conmigo Viva las Fiestas de La Garita

Buenas noches”

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